“Semana Santa en tiempos de covid 19”, por Antonio Bentué
Gracias al retiro forzoso por el covid 19, este “retiro” de Semana Santa puede tener una motivación especial para descubrir más a fondo su significado.
Lo que en la Iglesia celebramos en esta Semana es el acontecimiento del final trágico de la vida histórica de Jesús, dedicada a predicar el Reino de Dios. Tendemos a identificar ese Reino con realizaciones más o menos portentosas, con sus masivas celebraciones, como lo fue la entrada “triunfal” de Jesús en Jerusalén, antes de comenzar su tragedia en Getsemaní.

Pero hoy ni en la basílica de San Pedro en Roma hay gente….Ya el mismo Jesús había advertido que no debemos esperar la irrupción de ese Reino de Dios en grandes apoteosis, pues “a Dios nunca lo ha visto nadie” (Jn 1,18; 1Jn 4,12), y “el Reino de Dios está dentro de Ustedes” (Lc 17,21). Es decir, el Reino se juega donde realmente está Dios, en el corazón, la conciencia atenta que motiva la libertad de cada uno a decidir en la línea de esa toma de conciencia. Si ahí no pasa nada, no hay Reino de Dios, por mucho que se multipliquen exterioridades portentosas…Es en esa misma perspectiva que Jesús le respondió a la Samaritana: “Llega la hora, y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es Espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Juan 4, 23-24).
Este año, quizá como nunca antes, podemos poner el acento en esa interioridad y discernir desde ahí cuánta autenticidad hay, o no hay, en nuestra celebración de la Pascua de Jesús. Se trata del desenlace de su vida y de su razón de ser: “ ¿Y qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si para esto he venido yo a esta hora!” (Juan 12,27); pues, “Cuando levanten al Hijo del hombre entonces conocerán que Yo Soy….” (Jn 8, 28). Es el Yo Soy (=YAHVÉ) de la presencia misma de Dios, que revela la solidaridad divina en el mal donde más duele, el sufrimiento injusto del inocente. El mundo implica mal, porque implica competencia en la que se imponen siempre los más poderosos a costa de los más débiles, víctimas del poder. Pero Dios no es un superpoder que crea para tener aplaudidores en su “eterna gloria”; para eso no necesitaría a nadie, se basta sólo. No, Dios no es Yo, solitario; sino Yo-Tu. Es Relación eterna de Alteridad; ése es su único Espíritu. Y el desenlace trágico de Jesús es la irrupción culminante del mismo Dios que, ante nuestro ojos pasmados, en su eternidad, se revela solidario con todos los sufrientes de la historia. Por lo mismo no se encarna en el centro, sino en la periferia (Nazaret). Y muere como hombre de periferia, solidario con los más marginales, incluso de marginalidad religiosa, ya que “es maldito de Dios el que cuelga del madero” (Gal 3,13; Dt 21,23). Como lo había ya anticipado el profeta Isaías, al describir la solidaridad del Siervo sufriente: “Fue él ciertamente quien tomó sobre sí nuestras miserias…Todos nosotros andábamos errantes, siguiendo cada uno su camino y Yahvé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros” (Is 53, 4-6).
En esta Semana Santa no somos, pues, nosotros quienes acompañamos al Jesús sufriente, en un acongojado Vía Crucis, sino que, en ese Jesús sufriente, es Dios mismo quien “en el Acto eterno de decidir crear, decide encarnarse y morir en cruz” (San Agustín). De esta manera, Dios asume y acompaña el sufrimiento de todos los sufrientes de la historia, interpelándonos a esa misma solidaridad junto a los marginados que entran en nuestra proximidad o los que, en este encierro forzado de la Semana Santa del Covid 19, se sumarán a los miles de sufrientes por quienes el mismo Dios encarnado lloró (Jn 11,35) y sudó lágrimas de sangre (Lc 22,44) hasta morir por amor.